viernes, 14 de mayo de 2010

Una foto dice todo...


Se dice que para cada foto hay 1000 palabras, y aunque yo sea solamente un aficionado de sacar fotos con mi camera de una calidad no profesional, las mías también cuentan una historia (pero les digo a las fotos que nos la cuenten en menos de aquellas 1000 palabras).

Y así que dejo que hable la foto misma. El Puente de Triana por la noche. Bello, simbólico de una separación que siempre crucé aquí en Sevilla mía (no solamente sobre el río), el enfoque de unas canciones flamencas, lo que siempre pasé cada día, y algo que une una cosa con otra. El puente de Triana.

Mi historia


En un blog que gira de las historias, es obligatorio que lo termine con mi propia.

Ésa es la historia del cristianismo en Sevilla, no la que tiene que ver con la culpa y el castigo que se representa en la iglesia o en previos épocas de conquista religiosa, sino el cristianismo que he visto que vive, una conexión con Dios por Jesucristo. Para mí, las relaciones que tengo son mis experiencias favoritas, las que voy a sacar de todo este viaje, y por ellas, se reflejan las maravillas que han formado mi historia en Sevilla.

Fui a Portugal el fin de semana pasado con un grupo que trata de unir los españoles y americanos en una atmósfera cómoda y cristiana. Entonces, este viaje fue un retrato de todo, para escapar el estrés de los exámenes y estar juntos una vez más antes de que la gente estadounidense se vaya. Un buen amigo español mío tuvo la oportunidad para compartir lo que Dios ha hecho en su vida, y lo que dijo me pegó porque superó las palabras, le ha provenido con una vida nueva. Habló como antes era “incapaz de ver lo que había en frente,” como si hubiera una niebla que previniera que enfocara sus deseos y su energía en algo fijo. Sin embargo, dijo que Dios le “atrajo” en un camino en que había gran cambio, un propósito de todo, una vida con valor. En sus propias palabras, “Dios es más allá de una iglesia, significa más que eso ser cristiano, más que repetir lo que dice la cura… Amar es más que tener cariño… ¡Ahora hay un rumbo, un guía, una brújula en mi vida con que puedo dirigirme con más firmeza!...La vida eterna empieza aquí, en la tierra.”

Otro amigo español, Daniel, habló sobre su palabra favorita: la esperanza. Nos contó que no era su favorita sólo por las varias definiciones y los sentidos de la palabra, sino su balanza, la manera de que hay los dos ‘e’ y ‘a’ en el ritmo así. Una palabra bonita, sin duda, que lleva más significado en su vida que algo escrito en papel. Es interesante también como se combina en español los tres sentidos que están dentro de esa palabra: “to hope,” “to wait,” y “to expect.” Los diferenciamos en ingles, pero se ve que en realidad los tres conceptos se fían de si mismos para tener significado.

Otra amiga, Inma, lo describió más sencillamente por ser una chica que maneja el idioma que tanta capacidad. Ella todavía busca la verdad, pero de una cosa está cierta; “siempre cuando estoy con vosotros en nuestro grupo noto algo, no sé que, pero lo noto, me lo siento.”

¿Y yo? Conocí al Señor hace un año y medio, algo que se extraña a la persona que no entienda, y ha cambiado mi vida desde algo en que yo luchaba para arreglarme o sobrevivir hasta una vida llena de gozo y paz. Por estar aquí, mi fe creció muchísimo, algo que no anticipaba, pero después de ver la obra de Dios en un país diferente, con gente diferente que tiene esta misma pasión en sus corazones, veo que es algo verdadero y que quiere salvarnos, no solamente algo con que se culpa o castiga. Yo creo con una fe total, de 100%, en la salvación por la muerte y resurrección de Cristo, y aquí en España, lo he visto como más de solamente unas palabras en un libro de unos mil años, sino algo vivo y para todos, sea americano o español o australiano o chino, el pecador o el santo.

Ésa es mi historia en España. Mi fe es mi suvenir, mi esperanza es mi billete, mi gozo es mi maleta.

lunes, 10 de mayo de 2010

Más allá de las aulas



Varios profesores nos invitan a ser testigos de su filosofía personal y su relación con los niños trabajando por una causa no puede cubrir ningún programa educativo o salario.

Tyler Bello & Traducción: Edison Reyes

“En el año 1967 el viaje de Ciudad Real a la provincia de Cádiz era largo. De Ciudad Real a Valdepeñas en autobús y de Valdepeñas a Cádiz en tren. Luego de Cádiz a Medina Sidonia y otro rato más en autobús. En total, trece o catorce horas. Al llegar a la aldea lo primero era buscar alojamiento. El boca a boca hizo que todo el pueblo se enterase de que había llegado la nueva maestra y al día siguiente todas las 40 niñas estaban en el colegio. ¿Qué sentí en mi primer día de clase? Si soy sincera no recuerdo absolutamente nada de ese primer día. Todos mis recuerdos son generales, pero con toda seguridad estaba contentísima”.

En 1967 Francisco Franco aún vivía, nadie tenía ordenador en clase y Victoria Sesé comenzaba una trayectoria como profesora que duraría 37 años. No le gustaba la idea de volver a un colegio, ya que los malos recuerdos de su particular lucha con las matemáticas en la pizarra o de sus profesores pellizcándole le asolaban, pero ahí estaba ella. Nunca perdió su interés por aprender desde que era niña, y durante esos 37 años tuvo la oportunidad de compartir esa pasión y entusiasmo, transmitiéndoselos a los niños año tras año, clase tras clase, y a cambio desarrolló una conexión singular con los chicos. Sus recuerdos no son almibarados, sino puros: a su cabeza vienen tanto la imagen de un niño agresivo y problemático de 7 años que tenía la mala costumbre de insultar como el ritual de pasar cada año los niños de un curso al siguiente.

A pesar de todo, Victoria siempre sentía que dentro del aula esos niños eran como suyos. “La clase es un lugar reservado para el estudiante y el profesor… Hay que buscar lo que realmente les motiva, lo que le interesa a cada niño y darles la opción de ir a por ello”. Mirando hacia atrás a través de un álbum de recortes, nostálgicas fotografías y recuerdos nítidos, muchos rostros vienen a la mente, y todos ellos han calado muy hondo en sus experiencias como profesora. A pesar de que cambió varias veces de ciudad, algo que siempre sintió como constaste fue sin duda el hecho de que “si realmente se intenta, se consigue”.

La clase de primero de Ana Moya refleja una conexión similar, aunque la profesora va a hacer ahora 31 años al frente de una clase con manualidades en la pared, matemáticas en la pizarra y ordenadores junto a las ventanas. Tras ser recibido por las sonrisas curiosas de los niños y su interés por demostrar sus conocimientos de inglés, tuve la oportunidad de ser el profesor honorífico durante unos minutos. A decir verdad, no sé cómo lo logran: los profesores consiguen que los niños estén pendientes de lo que hacen ellos, y los niños lo ven todo con una mente abierta dispuesta a aprender más; una relación forjada entre los dos. Después de todo, lo que más me gustaba a mí del colegio era el recreo. Pero al preguntarle a una niña de la clase, cuya madre estaba de profesora de apoyo esa semana, ella simplemente me respondió: “Me encanta la escuela, me gusta aprender y leer”.

Muchos años después de haber dado sus primeras clases a unas muñecas colocadas para escuchar la lección, lo que la ha motivado a seguir es “la naturalidad y frescura que tienen los niños. Los chicos están llenos de conocimientos, sólo hay que ampliarlos”. Como Victoria, Ana ha vivido los cambios dentro de las clases. “Antes, lo que estaba fuera de la clase no se integraba en ella”; ahora la clase aún conserva esa identidad exclusiva como “el espacio donde pueden expresarse para que sientan que sus vidas son importantes. He dedicado mi vida a formar a buenas personas”.

Fuera de las aulas el proceso sigue en marcha para mejorar el sistema a través de organismos como los Centros del Profesorado (CEP), regulados por la Junta de Andalucía. Visitamos uno que se encuentra en Alcalá de Guadaíra. Para hacer un resumen de las muchas tareas de las que se ocupan, se puede decir que trabajan “para que todos tengan la misma voz”. El centro lo dirige Francisca Olías Ferrera y el trabajo se reparte entre 14 asesores de varios campos, muchos de cuales han sido profesores que ahora aplican su experiencia al área de la administración. En su opinión, su mayor reto, a la vez que su papel, es mantener el ritmo de una sociedad que “cambia más deprisa que el colegio”. De hecho se dedican a enseñar a los profesores a utilizar equipos modernos en una iniciativa llamada “TIC 2.0” (Tecnologías de la Información y la Comunicación).

Mientras que este proyecto está enfocado a suministrar un ordenador a cada niño de quinto de primaria en adelante, Carmen Checa Rodríguez, asesora de Primaria, también trabaja hacia una educación donde los niños verdaderamente se lleven algo con ellos. Con ocho años de enseñanza a sus espaldas y cuatro años como asesora en el CEP, ella y sus compañeros se dedican a crear nuevas estrategias para asegurar que los niños se sientan integrados, “adaptando el currículo a las necesidades de los niños”. Con “una especial atención a la diversidad”, Carmen Checa ha seguido el desarrollo de programas como el de los “Alumnos Mediadores”, donde otros compañeros ayudan e intervienen para resolver o prevenir problemas. A través de éste y otros esfuerzos, el objetivo es enseñar algo más que matemáticas o historia, es enseñarles también a escuchar, entablar un diálogo, ser asertivos, ser capaces de resolver sus problemas y buscar una “mejor convivencia” e igualdad entre todos los estudiantes, sin importar el sexo u origen.

Sin embargo, estos procesos deben continuar tanto en clase como en casa, porque “si una familia no está detrás del niño, éste no va a desarrollar el hábito de leer desde una edad temprana”. Para ello, están dando difusión al programa con un folleto llamado Leer para crecer: orientaciones para una familia comprometida con la lectura, porque “a veces los profesores no saben cómo implicar a la familia, por lo que intentamos crear mecanismos que interesen tanto a la familia como al niño”, explica Carmen. “Realmente educar y formar a buenos estudiantes no es una obligación… Hay unas líneas generales y algunos límites para lo que pueden hacer o enseñar los profesores, pero dentro del mismo sistema hay libertad para actuar”.

Mientras que hay muchos factores que inciden en la educación, en el CEP están trabajando para ser capaces de combinar la vida fuera del aula y dentro de ella, aunando años de experiencia dedicados al cuidado y enseñanza de los niños con nuevas estrategias para asegurar que se pueda sacar el mayor partido de esta iniciativa.

Como Jefa de estudios y profesora de educación física en el colegio Pedro Garfias, María José Fernández une a su papel de administradora una conexión personal con los niños. “Como profesores, dedicamos la mayor parte de nuestro tiempo, más que a darles conocimientos o hechos, a enseñar a los niños cómo comportarse como personas... Estos son los años en los que realmente se forman y la base es la escuela primaria”. La menor de tres hijas y portadora del nombre de su padre, siempre fue un poco “marimacho”, ensuciándose, comportándose como un chico y practicando cualquier deporte. Se considera afortunada de haber encontrado algo que realmente le motiva, ya que “cuando te gusta tu trabajo, se nota. Lo trasmites a los niños, a las familias y a todos aquellos que te rodean”.

Después de haber estado en su clase, puedo dar fe del increíble ambiente que consigue mantener María José, donde “el principal objetivo es aprender jugando”. “Quiero mucho a mi profesora, nos deja correr por ahí” son las simples pero efectivas palabras de Pablo, un aspirante a jugador de fútbol de 7 años. La profesora se convierte en uno de los niños, llenos de energía. Pero hay más, ya que se puede ver en los rostros de los niños esa sensación auténtica de regocijo, de libertad y el derecho a ser un niño porque “la educación física nos muestra cómo son en realidad: ellos disfrutan sin preocuparse por cometer algún error”. Es su tiempo libre para correr, hacer amigos y, a la vez, para hacer fotos con mi cámara. “Los padres no tienen que darles regalos a los niños. Sólo tienen que jugar con ellos... Si se invierte en los niños, tendrán un futuro mejor”. Al ver pasar a los niños cerca de mí por la puerta al sonar el timbre, pude comprender por qué verles terminar los estudios es la parte más gratificante del trabajo de María José.

Juan Martín Garrudo, Juanma para sus alumnos, también trabaja en ese colegio de primaria y se considera “un profesor de primero, un técnico y un manitas”. Como los demás, él también ha visto el efecto que la familia tiene en la educación, ya que “cada niño es el reflejo de lo que tiene en su casa”. En su caso, tuvo una experiencia con un niño problemático que intento pegarle después de haberle corregido. Juan comenta con una sonrisa que “siempre hay un niño que intenta hacer más difícil mi trabajo, que se empeña en intentar imitarme o bajarse los pantalones”. Pero él siempre ha seguido un antiguo principio simple, con independencia de la situación: “respeta y serás respetado”.

Todos ya hemos estado ahí: los profesores que siempre recordaremos y aquéllos que ojalá pudiéramos olvidar. No obstante, debe haber un final, incluso si lo que aprendimos dentro se queda con nosotros. “En mi último día de clase, hicimos un representación titulada Mi clase es multicolor. Estaba muy triste por mi jubilación, así que no se lo dije a los niños, pero cuando me preguntaron si iba a seguir siendo su profesora, les dije que no”. Incluso ahora, años después de haber enseñado, Victoria conserva con cariño las cartas que le enviaron los padres, una de ellas firmada por Carlos y Elena, los padres de dos estudiantes a los que dio clase: “Pues, además de ser una gran y maravillosa profesora, sobre todo les enseñaste a ser mejores personas”.

miércoles, 5 de mayo de 2010

La "tolerancia"


Todo el mundo sabe qué son, dónde están y más o menos la historia de los monumentos sevillanos comunes, una colección bella y antigua que ha tenido un gran rol en formar la ciudad y sus habitantes. Sin embargo, fuera de los edificios pedregosos del centro y después del siglo XIX reside una estructura moderna. Ésa no trata de gran tamaño ni de establecer una identidad sevillana, sino de reflejar la identidad andaluz ya establecida, su voz, que se puede confundir con “la tolerancia.” Éstas no son las palabras de un andaluz por crecer adjuntado con su tierra patria, sino de una perspectiva bien conocida y extranjera: “Elie Wiesel, Sevilla, Abril MCMXCII.”

Combinado con unas placas en ambos lados, la escultura moderna con su color dorado y su forma irregular evoca una confusión, una intriga desde el peatón que la pasa mientras anda por el Río Guadalquivir. Se llama “La tolerancia,” una obra de Eduardo Chillida por la iniciativa del ayuntamiento y con colaboración con muchos grupos, incluso a la fundación “Amigos de Sefarad” en homenaje al pasado y el progreso que se ha logrado en términos de la convivencia. Todo de la iniciativa parece bien, pero la única pregunta que surge es la de si este arte se queda como una estructura rígida o si la abraza la gente; es decir, si eso es una realidad o solamente algo que parece bien y que cubre una verdad inherente e ineludible, algo que dora la píldora. En la sombra y suciedad de la placa se escribió en letras limpias, “Think twice!!!” (replantéate).

Una placa, en mayúsculos:

“Deteneos, hombres y mujeres que pasáis. Deteneos y escuchad. Escuchad la voz de Sevilla, voz herida y melodiosa, la de su memoria, que es también la vuestra, es judía y cristiana, musulmana y laica, joven y antigua. La humanidad entera en sus sobresaltos de luz y sombras, se recoge en esa voz para extraer del pasado fundamentos de esperanza. Aquí como en otros sitios, se amaba y se odiaba por razones oscuras y sin razón alguna. Se hacían rogativas por el sol y por la lluvia. Se interpretaba la vida dando muerte, se creía ser fuerte por perseguir a los débiles, se afirmaba el honor de Dios, pero también la deshonra de los hombres. Aquí como en otros sitios, la tolerancia se impone, y lo sabéis bien vosotros, hombres y mujeres que escucháis esta voz de Sevilla. Sabéis bien que, cara al destino que os es común, nada os separa. Puesto que Dios es Dios, todos sois sus hijos. A sus ojos, todos los seres valen lo mismo. La verdad que invocan no es válida si a todos no los convierte en soberanos. Ciertamente toda la vida termina en la noche, pero iluminarla es vuestra misión. Por la tolerancia, Elie Wiesel…“

Semejante a la catedral, un símbolo de grandeza y esplendor pero a la vez de la matanza e injusticia de la Inquisición, la modernidad de este monumento intenta mostrar un problema interno que parece bien desde afuera que sea la tolerancia. La historia de este monumento escapa las placas, es algo que se vive ahora, antes y después, en los años que vienen. Por ahora, la gente sólo la ve como una intriga, y aunque si no sea expresado, es una cuestión diaria en un lugar con una historia manchada y en que nadie tiene privacidad ni pasa un día en que no se vaya por la calle. Tengamos en cuenta que la franqueza no es igual a la tolerancia.

Es una historia viva de un monumento atípico.

sábado, 1 de mayo de 2010

Ganarse el pan




Cada persona tiene una historia.

Manuel, un conductor por casi 30 años, tiene un sentido de humor que aún los americanos pueden entender, siempre con un chiste o una respuesta ingeniosa para romper el ritmo monótono de pasar por carretera y aún otra carretera. Sin embargo, para el cada kilómetro representa algo nuevo. Tiene dos hijos y una mujer, que se llama Dolores (“¿un nombre común, eh?”) con quien lleva 27 años juntos. Es bajo, estrafalario y usa una buena actitud para evitar el aburrimiento de conducir hora tras hora. ¿Su logro personal? Trasportar al equipo de fútbol de Real Madrid. ¿Lo que me admitió? Que aún por trabajar encima de las cuatro ruedas por tantos años, nunca ha salido de España, ni siquiera por unos minutos.

En Toledo, conocimos a una ciudad con una historia de su propia, con cambios de poder, cambios de religión y cambios de tradición. Lleva influencias de muchas fuentes, un hecho muy aparente cuando visitamos a una “sinagoga” que ha convertido desde templo judío a uno musulmán y ha quedado ahora como uno cristiano donde se muestra la historia de la religión en Toledo y a Toledo mismo por el arte. Ahí conocí a una monja, quien se llama Francisca, o por lo menos, el nombre belga correspondiente. Nos contó sobre sus experiencias aquí en España después de 15 años viviendo aquí, sobre la religión que ha visto, sobre sus creencias personales, y aún sobre la palabra más difícil de pronunciar para ella (fregadera, que por coincidencia es una de mis favoritas). Una mujer tímida en su manera de hablar, pero con todo coraje de empezar una nueva vida española con sus gafas grandes y con todas ganas de darles a los visitantes las bienvenidas con una sonrisita y un montón de experiencia y sabiduría por la relación muy viva que mantiene con Dios, según ella.

Una amiga suya—bueno, quizás no se conozcan—es la mujer de las aves. ¿Qué dices, que no la conoces? ¡Hombre! Es famosa, o por lo menos, debe tener buena fama, nos ha entretenido bien así con una bolsa en mano, llena de pan “caducado,” no fresco, que en vez de tirar en la basura los trozos extras de pertenece a su familia, le da de comer a los cisnes y patos. Es una rutina, la misma hora, cada día, hace casi un año entero, en cual ha venido cada día sin saltar el juego diario con las aves un miembro de la familia para cuidar de las mascotas de la familia en el río. Cuando le ven a ella y oyen el sonido de la bolsa plástica mientras ella les acerca, levantan las cabezas y bajan súbitamente (aunque la manera de andar de los cisnes y los patos no se suele asociar con la palabra súbitamente) al agua, esperando que les tire el pan, el postre y pan diario. ¡Y qué espectáculo es, completo con ruidos que no parecen que puedan venir de ningún animal y unas peleas y la lucha entre todos por la comida dorada! Nos contó que los tipos coloridos distintos de las aves del río desaparecen cada día, porque hay personas que las cazan, y ahora sólo se queda una de ésas coloridas, un ave masculina y el último de su familia sin la esperanza de revivir a su especie.

Por casualidad, también tienen historias los habitantes de países no hispanos, aún en la Escandinavia en el capital de la Suecia, Estocolmo. Entramos al atracción turística de “Skansen” después de conquistar a todo los otros sitios que nos había dirigido la guía, con unas hesitaciones alrededor de lo que veríamos. Descubrimos un museo “abierto” donde se muestra el Estocolmo antiguo, lleno con animales nativos, casas tradicionales y vendedores vestidos de ropa que evoca la sonrisa de los visitantes sin duda mientras ese visitante viaja a un época donde no existía los aviones ni la exploración del universo. Pero, dentro de una tiendita de pan fresco (mucho mejor de aquél pan de la mujer de las aves) conocimos a un hombre con ojos azules, un gusto de ofrecer muestras gratis a chicos americanos y el resentimiento de trabajar en una choza de madera. Por las arrugas en su cara, sus años de experiencia se nos revelaron, y seguimos para conocer mejor a un excientista e ingeniero para unos proyectos de NASA en los Estados Unidos. Pero, como todas las cosas buenas en la vida, su estancia maravillosa (pero nauseabunda porque experimentó unas veces el entrenamiento de la gravedad nula que era necesario para los astronautas) acabó, dejándolo solamente con unas observaciones interesantes del espacio, un trabajo simple en un escaparate de madera y una historia.

Cada persona tiene una historia, desde un conductor, una monja, una restauradora y un vendedor de pan; sólo te espera que la extraigas.

miércoles, 21 de abril de 2010



Beyond the Classroom Walls

Various teachers invite us to witness their personal philosophies and their relationships with children as they work toward a cause that no lesson plan or paycheck could cover.

By Tyler Bello

“In 1967, the trip from Ciudad Real to the province of Cadiz was long. From Ciudad Real to Valdepeñas by bus and Valdepeñas to Cadiz by train. Later, from Cadiz to Medina Sidonia and a little bit longer in the bus. In total, 13 or 14 hours. Upon arriving at the small village, the first thing I did was look for living accommodations. By word of mouth, everyone knew that the new teacher had arrived, and the next day all 40 of the girls were in the school. How did I feel on my first day of class? To be honest, I don’t remember absolutely anything from that first day. All of my memories are of the general experience, but for sure I was very happy.”

In 1967 Francisco Franco was still alive, nobody had a computer in his or her classroom and Victoria Sesé was beginning a 37-year career as a teacher. She never really wanted to be back inside the walls of a school; bad memories of struggling with math at the board or of teachers pinching her inundated her head, but there she was. She never shed her thirst to learn from childhood, and for those 37 years she got the chance to spread that love and fire, imparting it to new waves of children, class after class, and in return she developed a genuine connection with the kids. Her memories aren’t sugarcoated, they’re pure; she is just as likely to look back on a troublesome, aggressive 7-year-old with a bad habit of cursing as the yearly rite of passage that sent the kids from one grade to the next.

No matter the circumstances, Victoria always felt that inside the classroom those kids were her own. “The classroom is a place reserved for the student and the teacher... You have to find what really moves them, you have to figure out what matters to each child and give them to choice to follow it.” Looking back through the open scrapbooks, nostalgic photographs and vivid memories, many faces come to mind, all of which have carved a spot in her experiences as a teacher, and though her location often changed, one thing she noted as never vacillating was the simple fact that “If you truly try, you will achieve.”

The first grade classroom of Ana Moya reflects a similar connection, though now the teacher is going on 31 years of experience leading a class with art on the walls, math on the board and computers along the windows. Greeted by curious smiles and an eagerness to show off any English they had, I was also allowed to be the honorary teacher for a few minutes. I don’t know how they do it — not just the teachers who always have the eyes of the children intent on their every move, but the kids who see it all with such a clean slate, ready to learn more, and the relationship forged between the two. After all, my favorite part of school was always recess. But when I asked one girl in the class, whose mom was helping out as the class assistant for the week, she simply replied, “I love school, I like learning and reading.”

Years after teaching her first classes to rows of dolls set up to listen to her childhood lectures, what has kept her going is “the natural manner and freshness that children have. Kids are already filled with all sorts of knowledge, you just have to expand it.” Like Victoria, Ana has lived the changes to the classroom. While “before, what was outside the classroom wasn’t integrated into the class,” the classroom still has a unique identity as the place “where they can express themselves so that they feel that their lives are important. I’ve dedicated my life to making good people.”

Yet beyond the school walls the detailed process is always underway in bettering the system through bodies such as the Teachers Training Centers (CEPs) regulated by the Junta de Andalucía. We visited the one located in Alcalá de Guadaría (Centros del Profesorado de la Junta de Andalucía). To summarize the many things they do, they work “toward everyone having the same voice.” The center, directed by Francisca Olías Ferrera, employs the work of 14 advisors in various areas, many of whom are former teachers now applying their expertise in the area of administration. In her opinion, their main challenge and role is to keep up with a society that “changes faster than the school.” They actually have to teach the teachers how to use newer equipment, an endeavor entitled “TIC 2.0,” for Technologies of Information and Communication.


While this project aims to supply every child in fifth grade and above with a computer, Carmen Checa Rodríguez, the elementary school advisor, also works toward an education where children genuinely take something away with them. With eight years of teaching and four years as an advisor in the CEP, she and her colleagues create new strategies to make sure every child feels included, “adapting the curricula to the children’s needs.” With a “special attention toward diversity,” she has seen the growth of programs like Peer Mediators(Alumnos Mediadores), , where fellow students help intervene to solve or prevent problems. Through this and other efforts, the aim is to teach more than just math and history, but rather to focus on teaching them how to listen, start a conversation, be assertive, resolve problems and lead “to better coexistence” and equality between all students, no matter their gender or background.

However, these processes must be continued in the classroom and at home, because “if a family isn’t behind a child, they won’t develop a habit of reading from a young age.” For this, they are widening a program with a mini booklet entitled Reading to Grow: A Guide for a Family Committed to Reading (Leer para crecer: guía para una familia comprometida con la lectura), because “sometimes, it’s hard for the teacher to know how to get the family involved, but we aim to create mechanisms that interest them and the child,” Carmen explains. “Truly educating and forming good students isn’t obligatory…There are outlines and some boundaries for what a teacher can do and must teach, but within them there is all sorts of freedom for the teachers.”

While there are many factors that go into an education, at CEP they are working towards combining life outside the classroom with the school day inside, combining years of experience caring directly for the kids with new strategies to make sure they get the most out of it.

As the Head of Studies and a physical education teacher at the Pedro Garfias Elementary School, María José Fernández joins the role of administrator with a personal connection with the kids. “As teachers, we dedicate more time into our work to show them how they have to behave as people, more than just presenting them with knowledge and facts... These are the years that a child is truly formed; the foundation is here in elementary school.” The final of three daughters and the recipient of her father’s name, she was always a “tomboy,” getting dirty, being a kid, playing sports. She considers herself lucky to have found something that genuinely moves her, for “when you truly like your work, people notice. You transmit it to the kids, the families, everyone around you.”

After visiting the class myself, I can testify to the incredible atmosphere she maintains, where “the main objective is to learn by playing.” “I love our teacher, she lets us run around,” simple but effective words from Pablo, an aspiring 7-year-old soccer player. You can see that the teacher becomes like her students, full of energy. More than that, you can see it on the kids’ faces, the genuine feeling of joy, freedom and the right to just be a kid, because “physical education shows them how real life is, they enjoy it without worrying about making mistakes.” That is their free time to run, to make friends and, coincidentally, to take pictures with my camera. “Parents don’t have to give their kids any presents, they just have to play with them... If you invest in children, the future will be better.” As each individual child passed by me through the door at the bell, I could see why graduation is her most gratifying part of the job.

Juan Martín Garrudo, Juanma to his students, also works in this elementary school and considers himself a “first grade teacher, the technician and the handyman.” Just like the others, he too has seen the effect that the family plays on education, since “a child is the reflection of what he has in his house.” In his case, he has had a first-hand experience of a difficult child who tried to hit him after he corrected the student. He says with a rising smile that there is always “the one kid who is determined to make my job harder, the one who takes it upon himself to imitate me or pull his pants down.” No matter the situation, he has always operated under the simple, age-old principle: “respect others, and you will be respected.”

Everyone has been there before — the teachers they will always remember and those that they wish they could forget. Of course, there has to be an end, even if what you learned inside stays with you. “On my last day of class, we did a theatric representation called My class is multicolored. As I was very sad to retire, I didn’t tell the kids, but when they asked me if I would keep being their teacher, I told them no.” Even now, years after teaching, Victoria holds on tightly to parent letters she received, one signed simply by the parents, Carlos and Elena, of two students that she taught. “Yet more than just being a great and marvelous teacher in school, above all you taught them how to be better people.”

domingo, 18 de abril de 2010

NADA







NADA

“¿Cuánto tiempo llevas aquí?

“Treinta años.”

“¿Siempre has estado en esta calle?”

“Sí.”

“¿Qué haces?”

“Nada.”

“¿Y para la Semana Santa?”

“Nada.”

“¿Nada?”

“Nada.”

“¿Has visto el centro? ¿La catedral? ¿La Giralda?”

“No. ¿Tienes encendedor?”

“No.”

Ésa es la historia de un hombre sin hogar, Draco, un hombre que dejó a un hermano y dos padres en Yugoslavia cuando se fue buscando trabajo en Sevilla. Fracasó.

Siempre quedando en el mismo lugar y sin pedirle dinero a la gente que le pasa, sólo tiene una manta con la suciedad del año pasado, unos zapatos rotos, una barba desarreglado y lo que le ofrezca la gente que le pase, o unos cigarrillos o un helado gratis de la heladería cercana. Me quedé una hora con él. Nos charlamos cuando me permitiera, y en el tiempo entre estas excepciones raras, simplemente observé el mundo de su perspectiva, aunque nunca pudiera entender su historia completamente sin vivirla. Miró firmemente en un punto inespecífico en espacio sin parpadear para pasar el tiempo, y despertó de este estado después de unos minutos al ver que yo estuve allí a su lado. Siempre forzando una sonrisita con la misma sorpresa de que alguien soportaría su olor y vida aburrida, su mirada a mí me dijo, “¿no te has ido ya?”

Treinta años en este lugar, esta “hacienda,” y solamente unos días después de que alguien, por una razón que Draco no pudo imaginar, se sentó a su lado por unos minutos de su vida cíclica, unos trabajadores sociales lo llevaron a dónde no supiera.

“¿Qué quieres, Draco?”, le pregunté.

“Nada.”