sábado, 1 de mayo de 2010

Ganarse el pan




Cada persona tiene una historia.

Manuel, un conductor por casi 30 años, tiene un sentido de humor que aún los americanos pueden entender, siempre con un chiste o una respuesta ingeniosa para romper el ritmo monótono de pasar por carretera y aún otra carretera. Sin embargo, para el cada kilómetro representa algo nuevo. Tiene dos hijos y una mujer, que se llama Dolores (“¿un nombre común, eh?”) con quien lleva 27 años juntos. Es bajo, estrafalario y usa una buena actitud para evitar el aburrimiento de conducir hora tras hora. ¿Su logro personal? Trasportar al equipo de fútbol de Real Madrid. ¿Lo que me admitió? Que aún por trabajar encima de las cuatro ruedas por tantos años, nunca ha salido de España, ni siquiera por unos minutos.

En Toledo, conocimos a una ciudad con una historia de su propia, con cambios de poder, cambios de religión y cambios de tradición. Lleva influencias de muchas fuentes, un hecho muy aparente cuando visitamos a una “sinagoga” que ha convertido desde templo judío a uno musulmán y ha quedado ahora como uno cristiano donde se muestra la historia de la religión en Toledo y a Toledo mismo por el arte. Ahí conocí a una monja, quien se llama Francisca, o por lo menos, el nombre belga correspondiente. Nos contó sobre sus experiencias aquí en España después de 15 años viviendo aquí, sobre la religión que ha visto, sobre sus creencias personales, y aún sobre la palabra más difícil de pronunciar para ella (fregadera, que por coincidencia es una de mis favoritas). Una mujer tímida en su manera de hablar, pero con todo coraje de empezar una nueva vida española con sus gafas grandes y con todas ganas de darles a los visitantes las bienvenidas con una sonrisita y un montón de experiencia y sabiduría por la relación muy viva que mantiene con Dios, según ella.

Una amiga suya—bueno, quizás no se conozcan—es la mujer de las aves. ¿Qué dices, que no la conoces? ¡Hombre! Es famosa, o por lo menos, debe tener buena fama, nos ha entretenido bien así con una bolsa en mano, llena de pan “caducado,” no fresco, que en vez de tirar en la basura los trozos extras de pertenece a su familia, le da de comer a los cisnes y patos. Es una rutina, la misma hora, cada día, hace casi un año entero, en cual ha venido cada día sin saltar el juego diario con las aves un miembro de la familia para cuidar de las mascotas de la familia en el río. Cuando le ven a ella y oyen el sonido de la bolsa plástica mientras ella les acerca, levantan las cabezas y bajan súbitamente (aunque la manera de andar de los cisnes y los patos no se suele asociar con la palabra súbitamente) al agua, esperando que les tire el pan, el postre y pan diario. ¡Y qué espectáculo es, completo con ruidos que no parecen que puedan venir de ningún animal y unas peleas y la lucha entre todos por la comida dorada! Nos contó que los tipos coloridos distintos de las aves del río desaparecen cada día, porque hay personas que las cazan, y ahora sólo se queda una de ésas coloridas, un ave masculina y el último de su familia sin la esperanza de revivir a su especie.

Por casualidad, también tienen historias los habitantes de países no hispanos, aún en la Escandinavia en el capital de la Suecia, Estocolmo. Entramos al atracción turística de “Skansen” después de conquistar a todo los otros sitios que nos había dirigido la guía, con unas hesitaciones alrededor de lo que veríamos. Descubrimos un museo “abierto” donde se muestra el Estocolmo antiguo, lleno con animales nativos, casas tradicionales y vendedores vestidos de ropa que evoca la sonrisa de los visitantes sin duda mientras ese visitante viaja a un época donde no existía los aviones ni la exploración del universo. Pero, dentro de una tiendita de pan fresco (mucho mejor de aquél pan de la mujer de las aves) conocimos a un hombre con ojos azules, un gusto de ofrecer muestras gratis a chicos americanos y el resentimiento de trabajar en una choza de madera. Por las arrugas en su cara, sus años de experiencia se nos revelaron, y seguimos para conocer mejor a un excientista e ingeniero para unos proyectos de NASA en los Estados Unidos. Pero, como todas las cosas buenas en la vida, su estancia maravillosa (pero nauseabunda porque experimentó unas veces el entrenamiento de la gravedad nula que era necesario para los astronautas) acabó, dejándolo solamente con unas observaciones interesantes del espacio, un trabajo simple en un escaparate de madera y una historia.

Cada persona tiene una historia, desde un conductor, una monja, una restauradora y un vendedor de pan; sólo te espera que la extraigas.

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