miércoles, 5 de mayo de 2010

La "tolerancia"


Todo el mundo sabe qué son, dónde están y más o menos la historia de los monumentos sevillanos comunes, una colección bella y antigua que ha tenido un gran rol en formar la ciudad y sus habitantes. Sin embargo, fuera de los edificios pedregosos del centro y después del siglo XIX reside una estructura moderna. Ésa no trata de gran tamaño ni de establecer una identidad sevillana, sino de reflejar la identidad andaluz ya establecida, su voz, que se puede confundir con “la tolerancia.” Éstas no son las palabras de un andaluz por crecer adjuntado con su tierra patria, sino de una perspectiva bien conocida y extranjera: “Elie Wiesel, Sevilla, Abril MCMXCII.”

Combinado con unas placas en ambos lados, la escultura moderna con su color dorado y su forma irregular evoca una confusión, una intriga desde el peatón que la pasa mientras anda por el Río Guadalquivir. Se llama “La tolerancia,” una obra de Eduardo Chillida por la iniciativa del ayuntamiento y con colaboración con muchos grupos, incluso a la fundación “Amigos de Sefarad” en homenaje al pasado y el progreso que se ha logrado en términos de la convivencia. Todo de la iniciativa parece bien, pero la única pregunta que surge es la de si este arte se queda como una estructura rígida o si la abraza la gente; es decir, si eso es una realidad o solamente algo que parece bien y que cubre una verdad inherente e ineludible, algo que dora la píldora. En la sombra y suciedad de la placa se escribió en letras limpias, “Think twice!!!” (replantéate).

Una placa, en mayúsculos:

“Deteneos, hombres y mujeres que pasáis. Deteneos y escuchad. Escuchad la voz de Sevilla, voz herida y melodiosa, la de su memoria, que es también la vuestra, es judía y cristiana, musulmana y laica, joven y antigua. La humanidad entera en sus sobresaltos de luz y sombras, se recoge en esa voz para extraer del pasado fundamentos de esperanza. Aquí como en otros sitios, se amaba y se odiaba por razones oscuras y sin razón alguna. Se hacían rogativas por el sol y por la lluvia. Se interpretaba la vida dando muerte, se creía ser fuerte por perseguir a los débiles, se afirmaba el honor de Dios, pero también la deshonra de los hombres. Aquí como en otros sitios, la tolerancia se impone, y lo sabéis bien vosotros, hombres y mujeres que escucháis esta voz de Sevilla. Sabéis bien que, cara al destino que os es común, nada os separa. Puesto que Dios es Dios, todos sois sus hijos. A sus ojos, todos los seres valen lo mismo. La verdad que invocan no es válida si a todos no los convierte en soberanos. Ciertamente toda la vida termina en la noche, pero iluminarla es vuestra misión. Por la tolerancia, Elie Wiesel…“

Semejante a la catedral, un símbolo de grandeza y esplendor pero a la vez de la matanza e injusticia de la Inquisición, la modernidad de este monumento intenta mostrar un problema interno que parece bien desde afuera que sea la tolerancia. La historia de este monumento escapa las placas, es algo que se vive ahora, antes y después, en los años que vienen. Por ahora, la gente sólo la ve como una intriga, y aunque si no sea expresado, es una cuestión diaria en un lugar con una historia manchada y en que nadie tiene privacidad ni pasa un día en que no se vaya por la calle. Tengamos en cuenta que la franqueza no es igual a la tolerancia.

Es una historia viva de un monumento atípico.

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