Varios profesores nos invitan a ser testigos de su filosofía personal y su relación con los niños trabajando por una causa no puede cubrir ningún programa educativo o salario.
Tyler Bello & Traducción: Edison Reyes
“En el año 1967 el viaje de Ciudad Real a la provincia de Cádiz era largo. De Ciudad Real a Valdepeñas en autobús y de Valdepeñas a Cádiz en tren. Luego de Cádiz a Medina Sidonia y otro rato más en autobús. En total, trece o catorce horas. Al llegar a la aldea lo primero era buscar alojamiento. El boca a boca hizo que todo el pueblo se enterase de que había llegado la nueva maestra y al día siguiente todas las 40 niñas estaban en el colegio. ¿Qué sentí en mi primer día de clase? Si soy sincera no recuerdo absolutamente nada de ese primer día. Todos mis recuerdos son generales, pero con toda seguridad estaba contentísima”.
En 1967 Francisco Franco aún vivía, nadie tenía ordenador en clase y Victoria Sesé comenzaba una trayectoria como profesora que duraría 37 años. No le gustaba la idea de volver a un colegio, ya que los malos recuerdos de su particular lucha con las matemáticas en la pizarra o de sus profesores pellizcándole le asolaban, pero ahí estaba ella. Nunca perdió su interés por aprender desde que era niña, y durante esos 37 años tuvo la oportunidad de compartir esa pasión y entusiasmo, transmitiéndoselos a los niños año tras año, clase tras clase, y a cambio desarrolló una conexión singular con los chicos. Sus recuerdos no son almibarados, sino puros: a su cabeza vienen tanto la imagen de un niño agresivo y problemático de 7 años que tenía la mala costumbre de insultar como el ritual de pasar cada año los niños de un curso al siguiente.
A pesar de todo, Victoria siempre sentía que dentro del aula esos niños eran como suyos. “La clase es un lugar reservado para el estudiante y el profesor… Hay que buscar lo que realmente les motiva, lo que le interesa a cada niño y darles la opción de ir a por ello”. Mirando hacia atrás a través de un álbum de recortes, nostálgicas fotografías y recuerdos nítidos, muchos rostros vienen a la mente, y todos ellos han calado muy hondo en sus experiencias como profesora. A pesar de que cambió varias veces de ciudad, algo que siempre sintió como constaste fue sin duda el hecho de que “si realmente se intenta, se consigue”.
La clase de primero de Ana Moya refleja una conexión similar, aunque la profesora va a hacer ahora 31 años al frente de una clase con manualidades en la pared, matemáticas en la pizarra y ordenadores junto a las ventanas. Tras ser recibido por las sonrisas curiosas de los niños y su interés por demostrar sus conocimientos de inglés, tuve la oportunidad de ser el profesor honorífico durante unos minutos. A decir verdad, no sé cómo lo logran: los profesores consiguen que los niños estén pendientes de lo que hacen ellos, y los niños lo ven todo con una mente abierta dispuesta a aprender más; una relación forjada entre los dos. Después de todo, lo que más me gustaba a mí del colegio era el recreo. Pero al preguntarle a una niña de la clase, cuya madre estaba de profesora de apoyo esa semana, ella simplemente me respondió: “Me encanta la escuela, me gusta aprender y leer”.
Muchos años después de haber dado sus primeras clases a unas muñecas colocadas para escuchar la lección, lo que la ha motivado a seguir es “la naturalidad y frescura que tienen los niños. Los chicos están llenos de conocimientos, sólo hay que ampliarlos”. Como Victoria, Ana ha vivido los cambios dentro de las clases. “Antes, lo que estaba fuera de la clase no se integraba en ella”; ahora la clase aún conserva esa identidad exclusiva como “el espacio donde pueden expresarse para que sientan que sus vidas son importantes. He dedicado mi vida a formar a buenas personas”.
Fuera de las aulas el proceso sigue en marcha para mejorar el sistema a través de organismos como los Centros del Profesorado (CEP), regulados por
Mientras que este proyecto está enfocado a suministrar un ordenador a cada niño de quinto de primaria en adelante, Carmen Checa Rodríguez, asesora de Primaria, también trabaja hacia una educación donde los niños verdaderamente se lleven algo con ellos. Con ocho años de enseñanza a sus espaldas y cuatro años como asesora en el CEP, ella y sus compañeros se dedican a crear nuevas estrategias para asegurar que los niños se sientan integrados, “adaptando el currículo a las necesidades de los niños”. Con “una especial atención a la diversidad”, Carmen Checa ha seguido el desarrollo de programas como el de los “Alumnos Mediadores”, donde otros compañeros ayudan e intervienen para resolver o prevenir problemas. A través de éste y otros esfuerzos, el objetivo es enseñar algo más que matemáticas o historia, es enseñarles también a escuchar, entablar un diálogo, ser asertivos, ser capaces de resolver sus problemas y buscar una “mejor convivencia” e igualdad entre todos los estudiantes, sin importar el sexo u origen.
Sin embargo, estos procesos deben continuar tanto en clase como en casa, porque “si una familia no está detrás del niño, éste no va a desarrollar el hábito de leer desde una edad temprana”. Para ello, están dando difusión al programa con un folleto llamado Leer para crecer: orientaciones para una familia comprometida con la lectura, porque “a veces los profesores no saben cómo implicar a la familia, por lo que intentamos crear mecanismos que interesen tanto a la familia como al niño”, explica Carmen. “Realmente educar y formar a buenos estudiantes no es una obligación… Hay unas líneas generales y algunos límites para lo que pueden hacer o enseñar los profesores, pero dentro del mismo sistema hay libertad para actuar”.
Mientras que hay muchos factores que inciden en la educación, en el CEP están trabajando para ser capaces de combinar la vida fuera del aula y dentro de ella, aunando años de experiencia dedicados al cuidado y enseñanza de los niños con nuevas estrategias para asegurar que se pueda sacar el mayor partido de esta iniciativa.
Como Jefa de estudios y profesora de educación física en el colegio Pedro Garfias, María José Fernández une a su papel de administradora una conexión personal con los niños. “Como profesores, dedicamos la mayor parte de nuestro tiempo, más que a darles conocimientos o hechos, a enseñar a los niños cómo comportarse como personas... Estos son los años en los que realmente se forman y la base es la escuela primaria”. La menor de tres hijas y portadora del nombre de su padre, siempre fue un poco “marimacho”, ensuciándose, comportándose como un chico y practicando cualquier deporte. Se considera afortunada de haber encontrado algo que realmente le motiva, ya que “cuando te gusta tu trabajo, se nota. Lo trasmites a los niños, a las familias y a todos aquellos que te rodean”.
Después de haber estado en su clase, puedo dar fe del increíble ambiente que consigue mantener María José, donde “el principal objetivo es aprender jugando”. “Quiero mucho a mi profesora, nos deja correr por ahí” son las simples pero efectivas palabras de Pablo, un aspirante a jugador de fútbol de 7 años. La profesora se convierte en uno de los niños, llenos de energía. Pero hay más, ya que se puede ver en los rostros de los niños esa sensación auténtica de regocijo, de libertad y el derecho a ser un niño porque “la educación física nos muestra cómo son en realidad: ellos disfrutan sin preocuparse por cometer algún error”. Es su tiempo libre para correr, hacer amigos y, a la vez, para hacer fotos con mi cámara. “Los padres no tienen que darles regalos a los niños. Sólo tienen que jugar con ellos... Si se invierte en los niños, tendrán un futuro mejor”. Al ver pasar a los niños cerca de mí por la puerta al sonar el timbre, pude comprender por qué verles terminar los estudios es la parte más gratificante del trabajo de María José.
Juan Martín Garrudo, Juanma para sus alumnos, también trabaja en ese colegio de primaria y se considera “un profesor de primero, un técnico y un manitas”. Como los demás, él también ha visto el efecto que la familia tiene en la educación, ya que “cada niño es el reflejo de lo que tiene en su casa”. En su caso, tuvo una experiencia con un niño problemático que intento pegarle después de haberle corregido. Juan comenta con una sonrisa que “siempre hay un niño que intenta hacer más difícil mi trabajo, que se empeña en intentar imitarme o bajarse los pantalones”. Pero él siempre ha seguido un antiguo principio simple, con independencia de la situación: “respeta y serás respetado”.
Todos ya hemos estado ahí: los profesores que siempre recordaremos y aquéllos que ojalá pudiéramos olvidar. No obstante, debe haber un final, incluso si lo que aprendimos dentro se queda con nosotros. “En mi último día de clase, hicimos un representación titulada Mi clase es multicolor. Estaba muy triste por mi jubilación, así que no se lo dije a los niños, pero cuando me preguntaron si iba a seguir siendo su profesora, les dije que no”. Incluso ahora, años después de haber enseñado, Victoria conserva con cariño las cartas que le enviaron los padres, una de ellas firmada por Carlos y Elena, los padres de dos estudiantes a los que dio clase: “Pues, además de ser una gran y maravillosa profesora, sobre todo les enseñaste a ser mejores personas”.

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