NADA
“¿Cuánto tiempo llevas aquí?
“Treinta años.”
“¿Siempre has estado en esta calle?”
“Sí.”
“¿Qué haces?”
“Nada.”
“¿Y para la Semana Santa?”
“Nada.”
“¿Nada?”
“Nada.”
“¿Has visto el centro? ¿La catedral? ¿La Giralda?”
“No. ¿Tienes encendedor?”
“No.”
Ésa es la historia de un hombre sin hogar, Draco, un hombre que dejó a un hermano y dos padres en Yugoslavia cuando se fue buscando trabajo en Sevilla. Fracasó.
Siempre quedando en el mismo lugar y sin pedirle dinero a la gente que le pasa, sólo tiene una manta con la suciedad del año pasado, unos zapatos rotos, una barba desarreglado y lo que le ofrezca la gente que le pase, o unos cigarrillos o un helado gratis de la heladería cercana. Me quedé una hora con él. Nos charlamos cuando me permitiera, y en el tiempo entre estas excepciones raras, simplemente observé el mundo de su perspectiva, aunque nunca pudiera entender su historia completamente sin vivirla. Miró firmemente en un punto inespecífico en espacio sin parpadear para pasar el tiempo, y despertó de este estado después de unos minutos al ver que yo estuve allí a su lado. Siempre forzando una sonrisita con la misma sorpresa de que alguien soportaría su olor y vida aburrida, su mirada a mí me dijo, “¿no te has ido ya?”
Treinta años en este lugar, esta “hacienda,” y solamente unos días después de que alguien, por una razón que Draco no pudo imaginar, se sentó a su lado por unos minutos de su vida cíclica, unos trabajadores sociales lo llevaron a dónde no supiera.
“¿Qué quieres, Draco?”, le pregunté.
“Nada.”

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