miércoles, 7 de abril de 2010

La taxista y la Reina

Antes de leer es importante que se tenga en cuenta que mi blog se centraliza en el hecho de que todo el mundo tiene una historia…

Durante la Semana Santa, yo aproveché de mi tiempo libre por viajar con unos amigos a las ciudades Europas típicas, Estocolmo y Oslo. Disculpa, ¿dije típicas? Pues, no son las primeras que corren por la mente de la turísta, pero quisimos hacer algo diferente, algo aparte de lo que nuestros amigos hicieran. De principio a fin, era una aventura, pero el propósito de esto no es describir toda la arquitectura distinta de las ciudades, ni explicar sobre los monumentos asombrosos ni museos interesados, ni siquiera es describir la historia de la comida que nos tragamos (y, claro, ¡festejamos mucho!). No, los únicos personajes de esta historia no son figuras históricas suecas ni noruegas, sino José, el taxista común, y la Reina de España.

Empezamos el viaje a las ocho de la mañana del Lunes Santo, y habría sido fácil sentarme en silencio mientras conducimos al aeropuerto en el coche de un taxista que sólo fijó sus ojos en frente, pero yo estaba de buen humor. Pues, le pregunté unas cositas solamente para romper el hielo y el silencio, y su cara también rompió desde una figura de estatua casi con una expresión de sorpresa al descubrimiento de que alguien pidiera su opinión, su historia. Unas más y encontramos la pregunta que nos habíamos sacado la lotería, y desde sus labios serios emergió lentamente una sonrisa, siempre con los ojos al frente.

“¿Ha conducido usted a alguien famoso?”

“Una vez, fui el chofer de la Reina. Buena gente, buena gente, y sólo quiso dar un paseo sobre la ciudad.” Palabras simples con las cuales él visitó al mundo de sus recuerdos que volvió más y más a la mente. Nos explicó que ella necesitó un coche especial porque usaba una silla de ruedas para transportarse, y por eso buscó al primer taxista que encontrara, y por la suerte y el destino, fue él. Condujo y conversó con ella y su hija—pues, la Princesa—nada fuera de lo común, salvo que era la Reina y la Princesa en su coche. Nos contó ligeramente, como si todo estuviera pasando por sus ojos como una película vieja que no se pudo pausar, la ruta exacta que siguió aquel día, hasta que llegó al calle de la Plaza de España que estaba cerrada para construcción (no debería ser una sorpresa) dónde encontró un policía quien le mandó parar.

“Mire a quien he llevado,” dijo al policía. Respondió con prisa y vergüenza, “¡O! ¡Pase, pase, pase!”, un recuerdo que él nos recreó un par de veces y con un cierto regocijo que reflejó el orgullo de tener un trasero real en su asiento y el mareo natural de un jovencito que ha realizado un sueño en un cuerpo de 33 años de experiencia detrás del volante del coche blanco.

Continuó a contarnos cuán simpática era y cuán cortés era la Princesa y cuán frecuente venía el Rey a los bares de Sevilla. Pero a mí me interesaba más que el corazón de la Reina de España era el de una niña con el espíritu de ver la ciudad y evitar a la estresa y al horario de los deberes de vivir en la realeza. Quiso nada más que ver y dar un paseo por la ciudad como la persona común, casi turista, desde la historia de La Giralda hasta el verde del Parque de María Luísa.

Así, empezamos el viaje, y en vista de que las dos monedas que usamos eran “coronas” y que eventualmente visitamos dos palacios después, nuestra experiencia era realmente espléndida de cabo a rabo.

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